sábado, 14 de agosto de 2010

Temáticas decadentistas en la poesía del escritor modernista Rafael López (1873-1943)

Sin pretender aseverar que Rafael López es un poeta decadentista, porque no lo es en sentido estricto, este sitio pretende mostrar una vena poco conocida de su obra poética: aquella que se dejó seducir por temáticas decadentistas. La mayor parte de obra que conocemos de López es la inspirada en temas patrióticos: “El idilio de los volcanes”, “La bestia de oro”, “Canto a la bandera”, “La vendedora de flores”, temas que gozaron de una buena recepción en su época; en tanto que otro tipo de poesía ha sido ignorado, vencido tal vez por el peso de la fama de poeta nacionalista; excepción hecha acaso por la inclusión de “Ruelas” en la fundamental Antología del modernismo de José Emilio Pacheco.
No obstante, esta página tiene la intención de mostrar una breve selección de poemas que, ajenos por completo al tema patriótico, merecen ocupar un espacio importante en el estudio de la obra del poeta guanajuatense, e incluso –por asimilación– tienen las virtudes de la propia literatura decadentista que López evoca, repasa, observa y, principalmente, sintetiza.
Esa virtud, la de ofrecer una síntesis de los temas y las pulsiones que el decadentismo proyectó durante la última década del siglo XIX, y que posteriormente quedó asimilada dentro de lo que sería llamado modernismo, es el principal acierto estético de López. Acostumbrado a ser cronista lírico de sus contemporáneos y a hacer de la crónica de la Ciudad de México un oficio, López supo integrar en sus poemas los rasgos fundamentales de aquello que, bien que mal, se llamó decadentismo.
El conocer desde dentro al grupo de los que, menos de una década atrás, se habían hecho llamar decadentes aunque luego renegaran del apelativo por buscar uno más incluyente –modernista–, Rafael López es el “informante” ideal de ese ambiente estético que encontró desde su llegada a la Capital.
La obra poética de López pertenece a la última etapa modernista que, tanto para José Emilio Pacheco como para Max Henríquez Ureña, se caracteriza por el acercamiento a la cuestión americana; sin embargo, los poemas que aquí se estudian, temáticamente pertenecen a la considerada por Pacheco como primera etapa: “exótica, diabolista”.
Acerca de estas etapas, debe comentarse que José Emilio Pacheco señala tres fases del modernismo: en la primera, el poeta se siente “desterrado” en tierras americanas, sus temas son exóticos y “diabolistas”; en la segunda adquiere perspectiva continental, siente que pertenece a una nacionalidad única formada por todos nuestros países donde el enemigo americano ya no es la tradición española sino el imperialismo norteamericano, sus temas son de una reflexión metafísica y continentalista; en la última fase, el proyecto continental debe proceder de un estado previo de individualidad cultural en cada país, sus temas son criollistas o de coloquialismo vernicular. Acerca de ello, me parece que la etapa “diabolista” no es estrictamente la primera –menos aún ahora, que en recientes estudios del modernismo se asocia la etapa “diabolista” con el decadentismo mexicano, que vendría a ser un segundo ciclo– sino aquella de Gutiérrez Nájera, Díaz Mirón y Othón, que si bien son un tanto exóticos, son auténticos iniciadores del modernismo poético en una fase que bien pudiera llamarse erótica, con toda la importancia que esa característica tiene frente al panorama más bien asustadizo, mojigato y santurrón de la sociedad decimonónica.
La obra de López pertenece también al ateneísmo, pues el inicio de su buena producción poética, en opinión de Max Henríquez Ureña, se da a la par de la publicación de Savia Moderna. Está cerca el tiempo en que se pondrá de moda el nacionalismo en música, pintura y literatura con Diego Rivera, Manuel M. Ponce y Ramón López Velarde; Samuel Ramos hablará de lo mexicano desde la Filosofía y Rafael López escribirá sus poemas de “Vitrales Patrios”. Sin embargo, regresará una y otra vez a temas del decadentismo que, con la llegada del cine, estarán más vigentes que nunca: películas de divas, bailarinas y prostitutas proyectan esa inquietud hacia la femme fatal que los escritores finiseculares habían expresado, y que continuaría hasta 1919 cuando Efrén Rebolledo publica Salamandra.
Aunque Rafael López es un poeta que se presta para diversos acercamientos, por lo abundante de su buena producción poética y por la consistencia en su técnica y en sus temáticas, por ejemplo, en su serie de semblanzas líricas en que pareciera investirse del aliento poético de autores tan bien parafraseados –poéticamente– como Manuel José Othón, Ramón López Velarde, Salvador Díaz Mirón, y muchos otros; o por sus temas paisajistas o históricos que también son los más conocidos, no son esos los aspectos que habrán de analizarse a continuación.
Los poemas estudiados en estas páginas, “Salomé”, “La danza”, “La manzana amarga”, “Ruelas” y “La muerte de Pierrot”, comparten dos características fundamentales: en primer lugar que aluden explícitamente a temas considerados “decadentistas”, como la femme fatal, los paraísos artificiales –drogas–, el mal du siècle, el spleen, la dualidad ángel–demonio, la religiosidad profanada, etcétera; en segundo lugar, su intertextualidad, considerada tanto por su relación con otros discursos literarios, como con discursos visuales: el decadentismo ha sido considerado una estética “museística” y esa característica intertextual está presente de manera muy interesante en los poemas seleccionados.
Resulta sorprendente que poemas que son la excepción a la regla –en cuanto a temática y referentes– sean de una brillantez semejante a sus mejores poemas de temáticas más exploradas; y a pesar de que tienen una gran calidad, han sido sistemáticamente olvidados por quienes realizan antologías de poetas de la época. Esta actitud proviene del sambenito patriótico que se le ha colgado a López, pero refleja una lectura prejuiciada y acrítica. Es ese también nuestro interés: presentar una faceta poco conocida del escritor guanajuatense.
Pero queremos dejar clara la advertencia de que no consideramos a Rafael López como escritor decadentista, su sensibilidad es otra; López es ya plenamente un modernista que ensaya temas decadentistas, habla de las preocupaciones de aquel grupo que lo invitó a venir a la Ciudad de México, asimila y vierte la personalidad y el halo decadente de Ruelas y de las creaciones de Couto. A Rafael López le agradecemos su valiosa capacidad observadora, su maravillosa síntesis lírica; aún lo encontramos con los ojos abiertos, fascinado y con la emoción de un admirador de aquéllos: los decadentes.

Conclusiones
En la búsqueda de significados y contextos que permitieran, por un lado, dar luz a los poemas para su mejor comprensión y, por otro, entender la red de elementos decadentistas manifiestos e implícitos en los poemas de Rafael López, los caminos del presente trabajo fueron poco ortodoxos.
La intención, que desde un principio se expresó, fue la de ofrecer un nuevo enfoque de Rafael López como un poeta atraído, seducido, por temáticas decadentistas. La importancia se centró, pues, tanto en la exploración de los temas decadentes por sí mismos –sus orígenes más visibles, su ruta hacia la literatura mexicana, su importancia y transformación en nuestra historia literaria–, como en la reconstrucción que de ellos hacía Rafael López: este doble propósito llevó constantemente a la revisión –dentro del arte y la literatura– de temas como la muerte, la femme fatale, lo diabólico, el erotismo, etcétera, sin que por ello se haya dejado de lado, insisto, el propósito de estudiar la apropiación que Rafael López realiza de dichos temas en los poemas seleccionados.
La época y las relaciones de López con los escritores decadentistas no deja lugar a dudas en cuanto a significados, lecturas y referencias compartidos; sin embargo, no excluimos el posible desconocimiento de López de las producciones literarias o artísticas que en el presente trabajo hemos hermanado con su obra poética, pero nos adherimos a la noción hegeliana de que
...el artista concentra –y en eso consiste en parte ser artista– elementos que flotan en el ambiente, elementos que en términos modernos, o en términos junguianos, podríamos llamar “el inconsciente colectivo” y les da forma en la obra de arte.[1]
De esta manera, así como existe casi la seguridad de que conoció –al menos en reproducción monocroma– la Salomé de Moreau, es posible que López no haya conocido la Salomé de Klimt; no obstante la geometría de este último pintor está presente en “La danza”. Tal vez no es consciente de la historia literaria, que aquí se narra, de un personaje como Pierrot, y sin embargo en su poema aparece un Pierrot que vive el spleen, que es un héroe melancólico, un lunático: al asemejarlo al Pierrot de Couto, lo asimila a la tradición del personaje ítalo-franco-británico. Lo mismo sucede con “Ruelas”: el poema está colmado de referencias intertextuales acerca de un artista que, por su simbolismo y por su relación simbiótica con la literatura, concentraba en sí mismo diversas referencias plásticas, literarias y culturales.
Al elaborar poemas directamente relacionados con la creación artística –en específico– de Bernardo Couto y Julio Ruelas, nuestro poeta se relaciona ipso facto con la tradición artística y literaria europea que ellos traen consigo, integrada a su visión del mundo y a su ejecución artística, tras su estancia en Francia y Alemania, respectivamente.
La femme fatale, su tema decadentista favorito, ampliamente explorado en el tríptico de poemas dedicados a Salomé, fácilmente reaparece en “Ruelas” y en “La muerte de Pierrot”, donde amplía sus significados. Si bien el tema era, en la época en que escribió, preocupación de muchos artistas y entre todos construyeron una imagen más o menos estereotipada de la femme fatale, el acierto de Rafael López consiste en su capacidad de síntesis, de selección de los rasgos sobresalientes, en una reducción que necesariamente alude a sus contextos, lo cual hace de su poesía decadentista, una poesía predominantemente intertextual –o interdisciplinaria– aunque hemos preferido el primer término pues nos referimos a la lectura que se hace de un poema, de un cuento, de un cuadro o de un hecho histórico, en un concepto de “lectura” adecuado a nuestro afán conciliatorio de formas de expresión artística.
Es importante señalar que la relación intertextual que se buscó nunca fue ni arbitraria, ni indiscriminada; no fue arbitraria porque se buscó una verdadera comunión de temas, procedimientos, referentes culturales, tradiciones, al hermanar poemas con novelas, con pinturas, con personajes históricos, sin pretender encontrar paralelismos donde no era probable que los hubiera.
Tampoco fue indiscriminada porque aunque la producción occidental tiene abundantes ejemplos respecto a temas como los tratados en el presente trabajo, se tuvo clara la influencia de ellos en el horizonte cultural de Rafael López y de sus contemporáneos, y en la autoridad que para nuestra literatura significaron.
Como poeta modernista, fue fácil encontrar referentes extraliterarios en Rafael López, pues por su eclecticismo, el modernismo encontró siempre esas correspondencias de las que hablaba Baudelaire:
Comme de longs échos qui de loin se confondent
dans une ténebreuse et profonde unité,
vaste comme la nuit et comme la clarté,
les parfums, les couleurs et les sons se répondent.
Il est des parfums frais comme des chairs d’enfants,
doux comme les hautbois, verts comme les prairies…[2]
El modernismo también buscó la renovación del lenguaje y la vuelta a significados primeros de las palabras; en López encontramos una resignificación de mitos, un sincretismo de temas y valores culturales, y una recreación de los temas que eran importantes desde sus orígenes decadentistas ya incorporados a la literatura mexicana.
Con intención de ofrecer un homenaje lírico a otros artistas, López deja huella, a modo de cronista inmediato, de las preocupaciones estéticas de sus contemporáneos. Nuestro poeta nos permite asomarnos a la recepción que los artistas hacían de su propio gremio, en el que las influencias mutuas eran un modo de poner al día los temas y recursos de sus obras.
Con una conciencia muy clara de la temporalidad de ciertas formas y técnicas literarias, que lo lleva a corregir sus poemas –cuando van a ser publicados en libro– eliminando algunos excesos modernistas, y así como encontramos su parálisis creadora cuando nuevas escuelas estéticas llegan al panorama literario de forma estridente, López sabe detectar los elementos que hacen de sus poemas producciones decadentistas.
Sus poemas, sin embargo, aluden menos a una inicial búsqueda americana –o nacional– en modelos franceses o ingleses –que sí hicieron los poetas activos en la última década del XIX que inicialmente se hicieron llamar decadentistas y más tarde modernistas– y más bien alude a una apropiación ya realizada: intentamos enfatizar en todo momento que los referentes decadentistas de López no están buscados en el exterior, sino en artistas mexicanos, en producciones publicadas y acogidas por la literatura nacional por los hermanos mayores, o tal vez se le pueda llamar generación inmediata anterior al tiempo de actividad de López; y si las rutas y relaciones que en las páginas precedentes buscamos se van hasta orígenes bíblicos y su apropiación por artistas franceses o ingleses, la sugerencia directa de los temas para Rafael López, puede encontrarse presente en la escritura mexicana, desde por lo menos una década atrás. López puede percatarse de ello debido a la distancia histórica que, si bien breve, es suficiente para un artista de observación tan fina como él. Además, los cuentos y poemas de autores latinoamericanos, en el tiempo que referimos, convivían en igualdad con frescas traducciones de literatura inglesa y francesa en los periódicos y revistas más importantes del final del porfirismo.
Y es que pudiera parecer arbitrario el hecho de haber hermanado los poemas de López con el decadentismo, por considerarlo una etapa que, hacia los años en que escribe nuestro poeta, ha perdido –más bien transformado– su empuje y objetivos iniciales; ese decadentismo ha explorado la mayor parte de los temas y técnicas que tenía que expresar, la gran polémica periodística entre académicos y decadentistas ha perdido vigencia, incluso han renegado de tal nombre estos últimos (aunque insistimos en que la cuestión nominativa no es propiamente lo que consideramos relevante aquí para definir lo decadente); pero, por eso mismo, con una inspiración más sosegada que la de aquellos “agitadores agitados” de las novedades francesas e inglesas, el spleen, el mal du siecle de todos aquellos “raros” de la época, Rafael López puede –desde su generación, la de los agrupados ateneístas, menos personalistas, digámoslo así, que sus hermanos mayores modernistas– recoger el testamento estético decadentista, quintaesenciado de alguna forma en los poemas aquí vistos.
Ruelas y Couto han muerto para entonces, sin embargo, está aún por escribirse la gran novela dedicada a la femme fatale : Salamandra (1919) de Efrén Rebolledo, que llega cuando el decadentismo parecía haber agotado sus temas y es la gran novela decadentista de México. De la misma forma, el primer poema de López dedicado a la fatal Salomé es publicado dos años después del estreno de la ópera Salomé de Strauss; dos años antes de la Salomé de Klimt y meses antes del poema que Tablada dedica a la Bella Otero, comparándola con Salomé. Del decadentismo como escuela literaria ha pasado el auge. Sin embargo, los temas que insertó en la literatura nacional seguirán vigentes un par de décadas más en Europa y en el mundo occidental.
Al final, queda la impresión de haber descubierto para Rafael López un alter ego en sus más íntimas perversiones. Lo conocimos al leer sus famosos poemas patrióticos, exaltados y nacionalistas; pero –como cuando en la niñez recitábamos la Suave Patria de Ramón López Velarde e incluso sus demás poemas cargados de erotismo, con candor infantil–, ahora sabemos a nuestro poeta, erótico, sensual, lúbrico: atraído por la misma musa histérica que, impura desde la sonrisa al pie, continúa su dictadura que somete, que arroba, que domina, con el gesto eterno de Salomé.